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Historia

Santo André, Santrande, Santoandre, San Andrés....., diversas son las formas con que se ha denominado este emplazamiento a lo largo de los tiempos.

La solemnidad de su paisaje, su posición estratégica bien comunicada pero con diversas vías de escape a su retaguardia, su exposición saneada por el sol y al abrigo de los vientos húmedos que provienen del océano Atlántico ("o aire da Feira Nova" como dicen por aquí), no han pasado desapercibidas para las diferentes gentes que han habitado este mágico lugar a lo largo de los siglos.

Iglesia, monasterio, aldea habitada, solar en ruina y, a saber, ¿edificación romana? ¿construcción castrexa? ¿templo de adoración?.

La primera referencia escrita conservada que cita la existencia de Santo André sitúa su fundación como monasterio de la orden de San Benito en el lejano año 872. Esta escritura confirma la existencia de una iglesia de origen anterior llamada iglesia de San Andrés junto a la cual se levanta el monasterio. No se conoce ningún dato más sobre la precedente iglesia ni sobre periodos anteriores. Comenzando el siglo XI, las crónicas escritas recogen los trascendentes hechos ocurridos en el monasterio de Santo André.

Tras un milenio, no han perdurado ni la iglesia ni el monasterio. Pero aunque todo se ha perdido, las evidencias son claras. Muros, piedras y la distribución de espacios permiten atisbar el pasado pero, sobre todo, permiten soñar y dejarse llevar por un pasado nostálgico que, aunque lejano en el tiempo, permite sentirlo presente y propio.

Pese a todas estas vicisitudes, Santo André resiste. Con el paso de los siglos aquellas ruinas se convierten en los muros de las casas de nuevos pobladores, transformándose en una aldea, cuyos habitantes prosperan gracias a la explotación ganadera, agraria y forestal  que les permite su productivo entorno.

Llegado el siglo XX, Santo André sufre, como la práctica totalidad de la geografía rural gallega, el archiconocido fenómeno de la emigración. Santo André, poco a poco, va perdiendo sus moradores, su lustre y, en definitiva, su vida. Irremediablemente, en la segunda  mitad del siglo XX, la aldea Santo André termina quedando deshabitada por completo.

Pero Santo André es testarudo, posee la vocación de perdurar, de sobreponerse a todas las adversidades que le sobrevengan. En los albores del siglo XXI, un vecino de la contigua aldea de San Miguel de Congostro, con familiares entre los últimos habitantes de Santo André, empieza a perder el sueño y a tragar saliva e, irreversiblemente, su cerebro entra en ebullición. Tiene presente a lo que se enfrenta, pero advierte que tras los titubeos iniciales, su mente, ante cualquier traba, responde mediante un eco interminable que le insiste ¿por qué no?

En el año 2005, tras una sostenida e inacabable reunión de propiedades, y sus correspondientes gestiones y trabas administrativas, Carlos Rodríguez Morgade emprende la reconstrucción de Santo André. Una obra descomunal para una sola persona que, además, debe compaginar con sus obligaciones laborales y sus deberes familiares. Ante la incomprensión de muchos y con escasos pero agradecidos apoyos, Carlos se sumerge en 7 largos años de cavilaciones y de duro esfuerzo. Largos años con múltiples dificultades que consigue superar por el dopaje que le imprime la ilusión.

A partir de ahí, se sucedieron largas noches e intensos fines de semana en los que mientras su cuerpo picaba piedra, retiraba escombro o tallaba madera, su mente retroalimentaba su ilusión inyectándole nombres, gentes, proyectos e ideas. Las historias escuchadas a su abuelo y a otros familiares, así como los nombres de Odoario, Salamiro, Xoaçino, Alonso y Mamiliano, retumban en su interior y le empujan a recuperar sin descanso todo lo que durante siglos crearan sus antepasados y otras gentes que aquí habitaron.

Conforme la reconstrucción de la aldea comienza a cobrar forma, los entrañables placebos mentales dieron paso en la cabeza de Carlos a un torbellino de ideas entorno a que Santo André tuviera vida y no fuera un mero escaparate. Paralelamente a la reconstrucción iba poniendo guapa la aldea, vistiéndola con árboles y flores que su profesión forestal y su profunda afición botánica le permitieron realizar de forma exquisita.

Sus cavilaciones iniciales dieron paso al afloramiento de hondos anhelos. Las nostalgias del pasado dieron paso a su nunca perdida fe en el futuro. Su amor por Galicia, su sangre limiá, la defensa de su idioma y de su cultura, su creencia total en las posibilidades del medio rural y su adoración por el medio natural, empezaron a moldear en su cabeza la luz que Santo André podía volver a irradiar.

Aunque los trabajos en una aldea nunca terminan, la reconstrucción alcanza su fin en el año 2012. El primer paso que toma Carlos es convertirla en una aldea de turismo rural de forma inicial, con la pretensión futura de que este uso se compagine con otras actividades de interés cultural o formativo.

 

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